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Sombras intermitentes, 2016-18.

Resulta evidente la sensación de caos y de incertidumbre sobre el futuro que nos provoca el cotejo diario de los titulares en los informativos y la prensa: crisis financiera, desempleo creciente, devastación ecológica, terremotos, tsunamis, explosión nuclear, pandemias, guerras, atentados terroristas, hambrunas, desplazamientos de población y migraciones al límite; antiguos conflictos territoriales y políticos sin resolver, heredados de las concepciones modernas e imperialistas de los estados nacionales y de la historia colonial; brotes de radicalismos de derechas o de izquierdas, xenofobia, empobrecimiento progresivo de las clases medias en los países del norte, lo que significa más muerte en los países del sur; corrupción, tráfico de vidas, feminicidios, violencia, represión, pérdida de libertades democráticas; añejas polaridades que se hacen más visibles en las estrategias de control que se articulan con el negocio mediático del terror y del miedo, norte-sur, Occidente-Oriente, ricos y pobres, diferencias étnicas y religiosas… La lista podría extenderse muchos párrafos, pero las palabras no describen el drama contenido en las imágenes que observamos a través de las pantallas o impresas en los periódicos. No podemos evitar preguntarnos qué sucede mientras tanto, qué estamos haciendo, qué capacidad de acción conservamos todavía o a qué distancia puede escucharse nuestro grito.

En Sombras intermitentes, Isaac Montoya solapa tres imágenes: la voz popular, el grito de la ciudadanía hastiada de la manipulación institucional, el canto de la revuelta hecho consigna, donde se condensa la sabiduría de los pueblos y la indignación colectiva de los oprimidos; textos que con humor o dolor llenaron las plazas de las protestas de los movimientos en España, Grecia, Egipto, Túnez, Estados Unidos, Siria… Una segunda imagen de un rebaño anónimo de consumidores y tipos reproducibles a través de los medios de comunicación como el modelo ideal del ciudadano global, un clon híper conectado y auto centrado en el yo y en su individualidad, escondido en la proyección idealizada de una “pose selfie”. Por último, la imagen de la ruina de aquella arquitectura que desde la antigüedad hasta la modernidad ha tratado de representar el poder político en un lugar simbólico que define la idea de pueblo, una arquitectura obsoleta que demuestra la inoperancia del Estado para resolver los problemas de la vida contemporánea y la crisis de la democracia.

Suset Sánchez

Sombras intermitentes